SOBRE LA PRESENCIA CULTURAL DE ESTONIA EN ESPAÑA

11.05.2007
Hasta hace poco Estonia, como país, como pueblo y como cultura, era prácticamente desconocida en España. Por el hecho de haber pertenecido –involuntariamente– a la periferia del gran Imperio soviético durante casi medio siglo, había quedado “borrada” de la memoria europea y universal.
Ha sido sobre todo a partir del restablecimiento de la independencia política de Estonia (1991) y de la incorporación del país en la Unión Europea (2004), cuando los contactos entre ambos países han aumentado de manera espectacular en todos los terrenos –oficial, económico, humano, cultural, etc.–. Baste mencionar un detalle relevante: en la Universidad de Tartu, el máximo centro educativo de Estonia, hay actualmente más de cien estudiantes inscritos en los estudios de filología y cultura hispánicas. Además, a través del programa Erasmus-Sócrates de la UE se han establecido acuerdos de intercambio de estudiantes y profesores entre la Universidad de Tartu y ocho universidades de España.
La presencia cultural de un país en otro, sin embargo, se ha manifestado pocas veces en los últimos quince años (los de la nueva independencia de Estonia). Los signos más profundos y permanentes de la cultura requieren al menos un siglo, o más, para madurar. Entre estos signos culturales “maduros” que, sin duda, van a perdurar y crecer con el tiempo, quisiera destacar tres, en lo que respecta a la presencia cultural de Estonia en España.
Quiero referirme, en primer lugar, al prototipo de Basilio Soulinake, conocido personaje de Luces de bohemia de Valle-Inclán. Era nada menos que Ern(e)st(o) Bark (1858-1922), polifacético y fecundo escritor coetáneo de la Generación del 98, autor de casi medio centenar de libros escritos directamente en castellano, gran amigo de Alejandro Sawa y una de las figuras clave de la bohemia madrileña de finales del siglo XIX. Nació en un pueblecito estonio cerca de Jõgeva, a 50 kilómetros de Tartu. Era de origen báltico-alemán, simpatizaba con el movimiento del “despertar” nacional de Estonia y, adelantándose a su tiempo, soñaba con una federación independiente de Países Bálticos. Perseguido como rebelde por el régimen zarista, huyó al extranjero y en 1884 se estableció en España, donde se casó con una andaluza y siguió con sus agitadas actividades socio-políticas y sus escritos político-culturales.
Bark todavía está por descubrir en España como uno de los introductores del pensamiento “eurosocialista” y como un apasionado luchador por la democracia y la justicia social. Adelantándose una vez más a su tiempo –y a Ortega y Gasset–, aludía a la decadencia de las sociedades en las que, aun siendo poderosas económicamente, se menospreciaba la cultura. Al igual que haría más tarde Ortega y Gasset, subrayaba el papel de la cultura como el máximo principio alumbrador en el caos de la vida.
Los otros dos signos que desde Estonia han alcanzado España son más recientes. La obra de Iuri M. Lotman (1922-1993), el gran semiótico de Tartu, ha sido interpretada en su contexto “fronterizo” sólo a partir de la recuperación de la independencia de Estonia. Lotman integra en el universalismo de la semiótica un rasgo inconfundiblemente idiosincrásico que se deriva de su propia condición “fronteriza” y periférica. Dudo que hubiera compartido el entusiasmo mostrado por su amigo Umberto Eco ante la perspectiva de una Europa multirracial en que las distinciones nacionales se difuminan gradualmente (por lo menos en el sentido “ecológico” de las semiosferas, que tanto apasionaron a Lotman en la última etapa de su vida).
El tercer signo cultural estonio que ha sobresalido en España está representado por dos novelas históricas de Jaan Kross (n. en 1920), publicadas por la editorial Anagrama: El loco del zar (1992; en estonio, 1978) y La partida del profesor Martens (1995; en estonio, 1984). En las dos últimas décadas Kross se ha convertido en candidato “permanente” al premio Nobel de literatura. La recepción internacional de su obra es notable, a pesar de la sempiterna barrera comunicativa o de la dificultad general para traducir obras de lenguas minoritarias –como el estonio– a los idiomas más divulgados interncionalmente. La “otredad” estética que Kross ha introducido en el género (por cierto, sobreexplotado de mala manera) de la novela histórica es la cualidad introspectiva. Los monólogos interiores de sus personajes permiten al lector penetrar en lo más hondo del ser histórico “fronterizo” o, dicho en otras palabras, en este micromodelo de la conciencia dialógica cuyos gérmenes se vislumbran igualmente potentes en otras zonas “fronterizas” mayores, como, por ejemplo, la España histórica. El hecho de que estas cualidades dinámicas de la obra de Kross han sido altamente apreciadas en España queda confimado por las excelentes reseñas aparecidas en la prensa española sobre El loco del zar, redactadas por críticos tan destacados como Carlos García Gual, Ángel García Galiano, J. Ernesto Ayala-Dip y José María Latorre, entre otros.
En los últimos años se ha manifestado en España un fecundo y esperanzador entusiasmo “periférico” por la cultura estonia. Basta mencionar sólo dos ejemplos. En 2002 se publicó en Santiago de Compostela una antología representativa de la poesía estonia contemporánea en la lengua gallega, Vello ceo nórdico, que incluye también los poemas en estonio e inglés. Por otro lado, la Casa de l’Est, de Barcelona, ha acumulado en sus páginas virtuales una información abundante y generosa, en catalán y en castellano, sobre diferentes aspectos de la cultura estonia y su recepción tanto histórica como actual en España.
Jüri Talvet
 
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